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En el “hospital mutante”, reconvertido a Covidario no paran de llegar pacientes infectados, algunos con posibilidades de recuperarse, otros casi desahuciados. El ánimo de la tropa, reconvertida en muchos casos a personal asistencial de planta, se mantiene. Es casi un aullido de resignación, ves a compañeros caer, a otros seguir. Los primeros que se quedaron en casa por cuarentenas preventivas y sin sintomatología manifiestan su impotencia, mientras que los que deberían haber sido los segundos en guardar una cuarentena, ya no se les pudo permitir. La descoordinación en este sentido total, debido al cambiante criterio que llega desde las instituciones y ministerios.

Cada turno es más duro, cada vez son más pacientes, cada vez es mayor el esfuerzo, cada vez cuesta más. Cada alta se convierte en un alivio, a la vez que en una idea potencial de desconfianza. Desconfianza hacia el sistema, ¿irá a casa?¿mantendrá la recomendación de guardar cuarentena?¿podrá curarse totalmente?¿lo cuidaran bien?¿se infectarán sus cuidadores y, si estos lo hacen, quién será el cuidador? Demasiadas incógnitas y demasiados sentimientos cruzados. Sin embargo, cada muerte, que siempre son demasiadas, se convierte en una señal de alerta que nos recuerda que esto no es un sueño. Nos recuerda que, si esto por fin acaba un día, nos pasará factura y una que seguramente sea injusta e impagable. Una factura en vidas robadas, en vidas que afectan otras vidas.

Se nos enseña como profesionales a afrontar la muerte. Se nos enseña a hacerlo desde perspectivas y escenarios muy diferentes al actual. Se hace cada vez más difícil el acompañamiento, se intenta priorizar el confort, pero esta maldita infección quiere privar de humanidad a la muerte. Las enfermeras se esfuerzan, quieren acompañar, quieren estar presentes, quieren hacer lo que saben hacer, lo intentan. Pero no se puede facilitar el acompañamiento a las familias, no pueden acompañar a sus seres queridos en esos últimos momentos. El Covidario es un sitio cruel para todos. “Es la primera vez que comunico una defunción a una familia vía telefónica” comenta una experimentada médico, con una expresión desencajada y sin saber que varias horas más tarde repetiría esta actuación. Cada familia una historia, un drama, una vida y unas vidas. “Gracias por todo lo que estáis haciendo, es impagable, gracias” como respuesta a la comunicación de una defunción. Se intenta reconfortar a las familias, ellas intentan reconfortarte desde su dolor, entre dudas, compartiendo sus situaciones personales: “estoy sola, la mitad de la familia está ingresada, mi madre en urgencias, mi hermano en UCI, mi hijo en cuarentena. Gracias por todo lo que estáis haciendo, es impagable, gracias”. Intentas reconfortar lo imposible, acompañar en su dolor, inevitablemente proyectando la situación a las demás personas enfermas. Esto nos pasará factura, ahora todavía somos fuertes.

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