8/ ¡Animales!
¡Animales! ¿¡Con una máscara de Snorkel y un chubasquero!? ¡Animales! Es como enfrentarse a una guerra nuclear con palos y escobas. Así es como vamos al frente, ¿en serio? Está claro que no estábamos preparados para algo de tal magnitud. Aunque no es la primera vez que suceda algo así en el mundo. En la cabeza la imagen de soldados en la Primera Guerra Mundial, desprotegidos ante el ataque enemigo con “Gas Mostaza”; o la imagen de “voluntarios-involuntarios” rusos en Chernobyl haciendo frente al accidentado reactor nuclear. la ironía de ver las cosas muy lejos en un mundo globalizado, de pensar de que China está infinitamente lejos o que Italia no está tan cerca. No sólo nosotros, todos, toda Europa está mostrando su ceguera. No somos todos ciudadanos Europeos, ninguno es ciudadano Europeo. Europa es la que ahora está alejándose, mostrando que el proyecto común no lo es tanto.
¡Animales! ¿Así nos hacéis luchar? son todos los días que cuando no cae una compañera, lo hace un compañero. Son todos los días que nuestros ojos muestran el síntoma de los ojos rojos. Ojos enrojecidos por la rabia y la impotencia de no poder hacer mejor nuestro trabajo. Porque lo hacemos bien, mejor dicho, lo mejor que podemos, lo mejor que sabemos, lo mejor que se nos permite. Por este motivo lo hacemos bien, pero sentimos la impotencia. La impotencia de enfrentarnos a la muerte sin medidas, de enfrentarnos al “monstruo que vino a vernos” y, siempre, bajo el paraguas del sistema. Es a diario que nuestros ojos están rojos por la presión de retener las lágrimas, al entrar y al salir del turno. También por la presión que ejerce en la cabeza la impotencia, el querer y no poder, el saber y no tener, de hacer cómo no se querría hacer. Es un continuo dolor de cabeza el que se siente antes y después de la jornada. Todavía no hay ninguno de los compañeros que no haya manifestado esa cefalea, la cefalea que provoca la presión prolongada en el tiempo. Un dolor intenso y prolongado que no te deja descansar. Un dolor que cuando te relajas, repunta como una punzada, con flashes de imágenes de personas amontonadas en pasillos, en sillas, en mantas en el suelo… Cómo se puede dormir con esas imágenes en la retina, con este puto desastre día tras día.
Como animales estamos tratando a los que queremos cuidar y eso duele. Eso hace que a cualquier enfermera, médico, sanitario o lo que seamos -porque ya no lo sabemos-, se le estremezca el corazón. Y se nos parte en mil pedazos cuando encima nos aplauden, nos agradecen lo que estamos haciendo (nuestro trabajo), nuestra dedicación y vocación. Vocación: que cosa más lejana, suena tan lejos como nos parecía que estaba China o Italia, más cerquita, pero todavía lejos…
¡Animales! ¿Así nos hacéis luchar? son todos los días que cuando no cae una compañera, lo hace un compañero. Son todos los días que nuestros ojos muestran el síntoma de los ojos rojos. Ojos enrojecidos por la rabia y la impotencia de no poder hacer mejor nuestro trabajo. Porque lo hacemos bien, mejor dicho, lo mejor que podemos, lo mejor que sabemos, lo mejor que se nos permite. Por este motivo lo hacemos bien, pero sentimos la impotencia. La impotencia de enfrentarnos a la muerte sin medidas, de enfrentarnos al “monstruo que vino a vernos” y, siempre, bajo el paraguas del sistema. Es a diario que nuestros ojos están rojos por la presión de retener las lágrimas, al entrar y al salir del turno. También por la presión que ejerce en la cabeza la impotencia, el querer y no poder, el saber y no tener, de hacer cómo no se querría hacer. Es un continuo dolor de cabeza el que se siente antes y después de la jornada. Todavía no hay ninguno de los compañeros que no haya manifestado esa cefalea, la cefalea que provoca la presión prolongada en el tiempo. Un dolor intenso y prolongado que no te deja descansar. Un dolor que cuando te relajas, repunta como una punzada, con flashes de imágenes de personas amontonadas en pasillos, en sillas, en mantas en el suelo… Cómo se puede dormir con esas imágenes en la retina, con este puto desastre día tras día.
Como animales estamos tratando a los que queremos cuidar y eso duele. Eso hace que a cualquier enfermera, médico, sanitario o lo que seamos -porque ya no lo sabemos-, se le estremezca el corazón. Y se nos parte en mil pedazos cuando encima nos aplauden, nos agradecen lo que estamos haciendo (nuestro trabajo), nuestra dedicación y vocación. Vocación: que cosa más lejana, suena tan lejos como nos parecía que estaba China o Italia, más cerquita, pero todavía lejos…
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