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En casa, desde mi ventana, veo a la mayor parte de mis vecinos aceptar las restricciones, adaptar su existencia a los pocos movimientos cotidianos que se nos permite realizar fuera de la puerta de nuestra casa. Me sumo a las ocho de la tarde todos los días a la ovación plena de cariño y respeto al trabajo de los profesionales que se dejan la piel -la salud y la vida- a diario en hospitales, centros de Primaria y residencias, para cuidar a todos los que ya tienen la infección desarrollada y agotando sus fuerzas y -demasiadas veces- su vida . Ay, cuánta impotencia no poder hacer más, cuánta impotencia limitar nuestra ayuda a solo unos breves vivas y una palmas llenas de calor. ¿Pero podemos hacer más? ¡Sí, claro que podemos hacer más! Respetar las normas y las restricciones que nos obligan a todas las personas por igual… Mi vecino saca el perro y lo pasea por media ciudad, varias veces al día, creyendo que tiene más derecho que los demás, que el gesto adusto con el que que me mira, porque yo le miro sabiendo lo que está haciendo, es suficiente respuesta a mi silenciosa pregunta acerca de su egoísmo miserable que pone en riesgo a todos lo que sí respetamos. Uuuf, es ya cansino tener que observar a los imbéciles que se pasan las normas por donde les parece y que suelen ser los que más gritan cuando necesitan ser atendidos en los servicios de salud.
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