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Desde la ventana del Hospital se reciben también esos aplausos, reconfortan sí, lo hacen y mucho. No estáis solos, os apoyamos, ánimo, sabemos que estáis luchando. Quizás sea la sensación que recorría el cuerpo de nuestros abuelos cuando eran despedidos en sus pueblos cuando se dirigían al frente. ¡Quizás! Y es que el contexto nos hace utilizar un lenguaje bélico: esto es una batalla, esta es nuestra guerra, la guerra que nos ha tocado vivir, la tercera guerra mundial…. ¡Quizás! Quizás porque es todo incertidumbre, es todo desolación, es todo impotencia, de unos profesionales que se lanzaron a luchar cuando sus fuerzas ya estaban agotadas. ¡Ja! El colapso del sistema sanitario, me rio, ¿acaso no está al límite cada Invierno?


Con esos primeros aplausos dirigidos a nosotros, enfermeras, médicos, auxiliares (TCAE), celadores, limpiadoras, administrativos..., no voy a engañar a nadie si digo que derramé mis lágrimas. Justo empezaba todo y no quise retenerlas, no pude retenerlas, ya no me alcanzaban las fuerzas para mostrarme fuerte e imperturbable. Simplemente no podía, simplemente lloré. Lloré de rabia, de impotencia, de indignación, de esperanza y desesperanza, de poder y no poder, de saber cómo hacer y poder hacer, de saber o intuir lo que se avecinaba. Éramos soldados llamados a filas, nos reclutaba la ciudadanía, y lo hacía con un grito de auxilio desesperado. Mi pensamiento repetía mientras lloraba: “No os preocupéis, estaré allí, donde se necesita, en primera línea”... Mi pensamiento me decía mientras lloraba: “sabes que va a ser una batalla cruel, dura y angustiosa, sabes que no estamos preparados para ésto, sabes que el mundo tal y como lo conocemos se encuentra en un punto de inflexión, sabes que estarás exponiéndote a las más de mil caras que te presente la muerte, sabes que esto es real… Mi pensamiento me decía y aún me dice, llora, puedes hacerlo, no reprimas tus lágrimas porque seguro que son las que te van a salvar.

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